"NUNCA MÁS SERVIR A SEÑOR QUE SE ME PUEDA MORIR"

Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve fue nombrado virrey de Cataluña. Francisco de Borja, ese mismo año, recibió la misión de conducir los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada. Él había visto muchas veces a la deslumbrante emperatriz que era una de las mujeres más bellas de Europa. Al abrir el féretro para hacer el “reconocimiento de restos”, el rostro de laemperatriz estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el terrible efecto de la muerte, aquello le impresionó vivamente. Comprendió la caducidad de la vida terrena y tomó entonces su famosa resolución: «¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!».  

Todo aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuita tuvo un gran impacto en aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña, encender la estufa, limpiar la cocina y atender la mesa, y lo hacía con gran humildad, sin dar muestras de la menor impaciencia.

A los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y después fue elegido Padre General. Durante seis años desempeñó ese cargo, y fue el más grande general tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería la Universidad Gregoriana, envió misioneros a los sitios más lejanos, asesoró a reyes y papas… A pesar del gran poder que tuvo en sus manos, siguió un estilo de vida sencillo y fue ampliamente reconocido como santo aun antes de morir.

APLICACIÓN: El Señor en el evangelio de hoy nos invita también a nosotros a seguirle como único Señor.