25 DE ENERO: CONVERSIÓN DE SAN PABLO

De su conversión, Pablo en sus cartas va directamente a lo esencial y habla no sólo de una visión, sino de una iluminación y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado.

De hecho, se definirá explícitamente “apóstol por vocación” o “apóstol por voluntad de Dios”, como queriendo subrayar que su conversión no era el resultado de bonitos pensamientos, de reflexiones, sino el fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible.

A partir de entonces, todo lo que antes constituía para él un valor se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura. Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio.

Su existencia se convertirá en la de un apóstol que quiere “hacerse todo a todos” sin reservas.  De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de la propia vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, la comunión con Cristo y su Palabra.

Bajo su luz, cualquier otro valor debe ser recuperado y purificado de posibles escorias. Otra lección fundamental dejada por Pablo es el horizonte espiritual que caracteriza a su apostolado.

Sintiendo agudamente el problema de la posibilidad para los gentiles, es decir, los paganos, de alcanzar a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente “buena noticia”, es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás.

(Benedicto XVI)