CUENTO DE NAVIDAD

Al principio, Dios quiso poner un Nacimiento, y creó el universo para adornar la cuna.
Hizo la luz, y luego el Sol, y encendió una lámpara blanca en la noche para que se viera bien la cara de Jesús, no fuesen a equivocarse los ángeles y los pastores en la Nochebuena.

Hizo las montañas, tan auténticas que parecían de corcho, y las coronó de nieve.

Hizo mares y océanos como los de papel de plata, y grandes desiertos de arena dorada para los camellos de los Reyes Magos.

Después llamó a una pequeña estrella y la llevó hasta la otra punta del universo. Allí, con mucho cuidado, le dio un empujoncito con el dedo, con la fuerza justa para que, miles de siglos más tarde, parpadeara para servir de guía a unos aventureros y valientes Magos de Oriente.

Luego Dios hizo una pausa y pensó dónde poner su Nacimiento. Y decidió que en Belén de Judá.

Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavandera, los pastores. Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos…

Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores para conseguir el gesto, el tono de voz, la mano extendida en la postura exacta para el Nacimiento de Dios.

Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con Ella. Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María esbozos de esa flor que habría de brotar a su tiempo. Igual que un artista que persigue tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios. Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre. Hasta que un día, exactamente el planeado, nació la Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, su Obra Maestra. Y la colocó en el Nacimiento, junto a la cuna, con Jesús, vivo retrato de Dios y de María. Y tanto le gustó a Dios lo que había hecho, que decidió transmitir en directo el nacimiento de su Hijo todos los diciembres de la historia, y a todos los hombres de buena voluntad, y a todos los corazones que, por sus buenas disposiciones, hacen tan agradable sitio para el Nacimiento.

Y así inventó la Navidad. La Navidad no es un simple aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es un sentimiento. Es el día en que Dios pone un Nacimiento en cada alma. A nosotros solo nos pide que le reservemos un rincón limpio, que nos quitemos la roña acumulada.

Ahora, como cada diciembre, Dios quiere nacer en tu corazón. Eso es la Navidad. Lo demás, adorno.

¿Qué querrá hacer Dios en tu corazón? La mejor manera de abrirle nuestras puertas a Cristo es una buena confesión. Arreglar nuestra casa es limpiarla de todo aquello que no va con el huésped que pretendemos recibir.

No podemos tratar a Cristo en una forma menos delicada de como tratamos a otros huéspedes: a estos, cuando les recibimos en nuestra casa, les evitamos todo lo que pueda molestarles.

María nos enseñará a preparar nuestra alma.