"Lo que a Dios le gusta más: la Misericordia"

Hoy quisiera reflexionar sobre el significado de este Año Santo, respondiendo a la pregunta: ¿Por qué un Jubileo de la Misericordia? ¿Qué significa esto?

Dirigir la mirada a Dios, Padre misericordioso, y a los hermanos necesitados de misericordia, significa poner la atención sobre el contenido esencial del Evangelio: Jesús que es la Misericordia hecha carne, que hace visible a nuestros ojos el gran misterio del Amor trinitario de Dios. Celebrar un Jubileo de la Misericordia equivale a poner de nuevo en el centro de nuestra vida personal y de nuestras comunidades lo específico de la fe cristiana, es decir, Jesucristo, Dios misericordioso.

Este Jubileo es un momento privilegiado para que la Iglesia aprenda a elegir únicamente “aquello que a Dios le gusta más”. Y, ¿qué cosa es lo que “a Dios le gusta más”? Perdonar a sus hijos, tener misericordia de ellos, de modo que también ellos puedan, a su vez, perdonar a los hermanos, resplandeciendo como “antorchas de la misericordia de Dios en el mundo”.

San Ambrosio dice que, después de haber creado la luna, el sol o los animales, la Biblia dice: “y vio Dios que esto era bueno”, pero cuando creó al hombre y a la mujer dice: “Y vio Dios que era muy bueno”. Y San Ambrosio se pregunta por qué dice “muy bueno”, ¿por qué está tan contento Dios después de la creación del hombre y de la mujer? Porque finalmente tenía alguien a quien perdonar. Es bello, eh? La alegría de Dios es perdonar; el ser de Dios es misericordia; por esto este año debemos abrir el corazón, para que este amor, esta alegría de Dios nos llene, nos llene a todos nosotros de esta misericordia.

Nada es más importante que elegir “aquello que a Dios le gusta más”, ¡su misericordia, su amor, su ternura, su abrazo, sus caricias!

Alguno podría objetar: “Pero, Padre, la Iglesia, en este Año, ¿no debería hacer algo más? ... ¡hay muchas necesidades urgentes!”. Es verdad, hay mucho por hacer pero es necesario tener en cuenta que, en la raíz del olvido de la misericordia, está siempre el amor propio.

Es necesario reconocer el ser pecadores, para reforzar en nosotros la certeza de la misericordia divina. Os voy a proponer una oración fácil y bellísima para decirla todos los días: “Señor yo soy un pecador, Señor yo soy una pecadora, ven con tu misericordia”.

(De la Catequesis del Papa Francisco, 9 de diciembre de 2015)