LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Jesús no nos abandona. Está presente, sobre todo en el sacramento de la Eucaristía. Está presente en la Iglesia, en los Evangelios, en la palabra y enseñanza del Magisterio de la Iglesia, del Papa, de los obispos en comunión con la Sede de Pedro. Cristo está presente en mi prójimo. Cristo está presente en la historia, en mi historia. Yo lo hago presente en cada acto de generosidad y de amor. ¿Cómo es de real para mí esta verdad de fe? Hoy es una oportunidad privilegiada para retomar nuevamente nuestro compromiso bautismal de seguir a Cristo, de permanecer con Él. Es decir, de vivir con autenticidad nuestra vida cristiana y vestir con orgullo la camisa del cristiano que no es otra que la caridad. Para comprender el poder de Cristo es necesario quitar toda referencia negativa al poder humano que conocemos. El poder de Cristo no es egoísta, no pasa por encima de otro, no es ambicioso… es un poder de pertenencia, de paz, de plenitud. Cristo tiene poder sobre mi historia, pero no podrá ayudarme si yo no se lo permito, porque Él respeta nuestra libertad. Por eso es necesario abrir de par en par nuestra vida al poder de Cristo. Viene para sanar, para curar las heridas del alma, para fortalecernos en nuestra jornada laboral o de estudios, para acrecentar la unión y caridad en mi familia. Cristo tiene el poder y sólo busca lo mejor para cada uno de nosotros. La misión encomendada a Cristo por el Padre la culmina con su ascensión a los cielos. Ahora nos corresponde a nosotros cumplir el encargo del Señor de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio. Para esto no estamos solos; dentro de una semana celebramos Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Recemos con devoción al Espíritu Santo durante estos días y preparemos su venida; el cristiano no puede nada sin el Espíritu, la fuerza misericordiosa que Dios nos ha regalado. Nuestra misión evangelizadora sin el Espíritu sería en vano.