EN LA ORACIÓN EN EL HUERTO: "ME MUERO DE TRISTEZA"

Entonces Jesús dijo: “Me muero de tristeza… Padre mío, si es posible que se aleje de mí ese cáliz”.  

Al encontrar a los discípulos dormidos, dijo a Pedro: “¿De modo que no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación”.

Le vieron demacrado y pálido, cubierto de sangre y desencajado. Yo no tengo palabras para resaltar estas de Jesús tan amargas y trascendentales. Lo mejor que podremos hacer es dejarlas resonar en nuestro interior en profundo silencio: “Me muero de tristeza”.  “¿No habéis podido orar conmigo una hora?” .

Sin oración seremos vencidos. Acompañemos a Jesús con cariño y ternura que está sufriendo fuera de todo encarecimiento por nosotros. Y tomemos nota de cuál es en este momento cumbre de su vida, la recomendación que nos hace: orar.

No les dice a los discípulos: “Convenced a Judas de que no lo haga. Id a hablar con Anás y con Caifás. Moveos. Ayudadme. Haced algo”. Todo lo que les dice, lo que nos dice, es “orad”, estad conmigo y con el Padre. Dejad que el Padre disponga y haga su Voluntad. Y hacedlo con sencillez, con simplicidad: “Pase de mí este cáliz”. 

Ni grandes discursos, ni muchas palabras, “repitiendo las mismas palabras”, anota Marcos.  Jesús ha comenzado la Redención del género humano, orando y diciéndonos que oremos.

Vemos enseguida los efectos de la omisión de la oración: "No conozco a ese hombre". Pedro no ha podido velar una hora con el Maestro y la falta de oración causa su caída, y la caída de todo aquel que no vela.  Y así sucedió: “Todos los discípulos le abandonaron y huyeron”. Pedro ha negado al Maestro hasta con juramento, cobardemente ante las criadas, confiando presuntuosamente en sí mismo, y poniéndose en la ocasión.

Pero tiene más corazón que Judas. Llora y pide perdón a Jesús con la mirada. Probablemente fue a buscar a María, la madre de Jesús, para contárselo a ella y eso le salvó.